Es muy loco atravesar hoy ese lugar imaginando como pudo haber sido tamaña catástrofe. Entre cañaverales, algunos terrenos de bañados que quedan y el avance de las construcciones que se mezclan de conurbano, galpones de empresas y la opulencia inmobiliaria llamada Nordelta sobre los humedales al río. Atravesar en un tren local, similar al de la tragedia, la sección de vía entre Benavidez y Pacheco dispara preguntas, y recuerdos de los más tristes en la historia ferroviaria argentina.
Un domingo 1ro de febrero de 1970 partía a las 18.50hs de la estación Zárate, (Ferrocarril General Bartolomé Mitre – FCGM), un nuevo servicio. Bastante similar al de ahora conocido como ‘Pata de Perro’, el diésel suburbano que une Zárate con Villa Ballester. En aquel caso el recorrido era un poco más extenso: Zárate-Retiro. Es día y horario de retorno de montón de personas que tuvieron su caluroso fin de semana. El tren va completo, sube más y más gente a lo largo de las estaciones hacia la Capital. A las 19.48hs, con centenares de personas arriba, deja atrás la estación Benavidez. Su próxima parada será la inmediata estación General Pacheco.
A mitad de camino la máquina, que ya venía rezongado en distintos puntos del trayecto, no va más. A la locomotora se le corta la tracción y la formación se detiene en la penumbra que va ganando la incipiente noche de verano, en medio de una despoblada zona de bañados y sin iluminación más que lo que da la luz del día que languidece. Los maquinistas se avocan a tratar de arreglar el desperfecto mientras el pasaje espera sobre la formación.
Sobra la misma vía y en el mismo sentido a Capital, a unos diez minutos de diferencia, viene a toda marcha el servicio de pasajeros de larga distancia que une Tucumán con Retiro. Un servicio rápido mixto, que podríamos decir algo parecido hoy al llamado ‘El Tucumano’. Habiendo partido el día anterior de esa capital provincial viene retrasado, por eso raudo marcha con dos locomotoras al frente y un largo tren de su tipo, que incluye bandejas porta automóviles, furgón postal, coche dormitorio y los de pasajeros en general. Una masa inercial poco dócil de maniobrar ante imprevistos. De todas formas no hay que preocupar, muchos trenes circulan simultáneamente por la red, mientras funcionen adecuadamente los sistemas técnicos y las personas que actúan en él, nadie dará ‘vía libre’ al tucumano en Benavidez, sin haber sido comunicado de que el tren local que partió de Zárate ya ha dejado esa sección de vía libre y pasado por Pacheco. Sin embargo…
Los maquinistas del Tucumano ven la señal de vía libre en Benavidez. Como no tienen parada allí, y deben continuar para llegar a Retiro lo antes posible, pasan sin aminorar la marcha. No saben que a unos pocos kilómetros delante el tren local está detenido completamente sobre la misma vía. El convoy de larga distancia avanza implacable tomando la curva sobre el arroyo Las Tunas. Al volver a ser tramo recto tiene a escasos 1000 metros la otra formación detenida. Quienes están en el tren local, y atentos al silencioso entorno, presienten que algo no está bien. Escuchan un tren que se acerca, algunos presumen que es una máquina auxiliadora para que puedan enganchar y seguir viaje. Pero no. Lo que se acerca son cientos de toneladas a 100 kilómetros por hora. Su luz se hace grande. Los maquinistas del Tucumano no dan crédito a lo que ven. Divisan recién a unos 400 metros de distancia el fallido tren parado. El terror invade la cabina de conducción, mientras aplican frenos de emergencia y la desesperante bocina a todo lo que da. Pero es tarde. Como el día, que ya pasó las ocho de la noche. Inevitablemente noche.
Apenas pasada las 20hs, en el Km 36 palo 11 de la traza ferroviaria, el mixto tucumano impacta contra el tren local repleto de personas. Con tal fuerza que atraviesa por completo el último coche e incrusta dos de ellos, uno dentro de otro, arrastrando todo por largos metros, mientras se confunde tándem de locomotoras y vagones descarrilando y colisionando entre sí. Los hierros que se retuercen, tapando con su chillido todo desesperante grito. Hasta que en un momento todo se detiene. Todo menos la mayor tragedia en la historia ferroviaria de Argentina, y una de las peores del mundo.
¿Qué pasó? ¿Qué falló? ¿Por qué dieron vía libre al Tucumano en Benavidez si el tren local no había alcanzado Pacheco y pasado a vía auxiliar, para darle paso al rápido como era la maniobra habitual y prevista? En una primera instancia se conjeturaron diversas hipótesis, pero lo concreto fue un gravísimo error en Benavidez. Con el aditamento de un contexto desfavorable, falencias de gestión de personal, el imprevisto técnico del tren local y más, hizo que todo combinado favoreciese a decantar en el suceso fatal.
En Benavidez estaba a cargo de la estación un auxiliar de la misma, a falta de jefe en ese momento, cumpliendo varias funciones por tener personal reducido. Con él estaba el cambista, pero este a su vez era un peón eventual contratado para tal fin, no entrenado como parte de la empresa ferroviaria. Horas antes, en dicha estación, habían sido asaltados, robándoles la recaudación y amenazado al citado auxiliar. Perturbado este acusó haber pedido ayuda y relevo, lo cual no sucedió, era domingo y épocas de vacaciones. Conmocionado, continuó la tarde con los varios asuntos que atender. Al momento del despacho el tren local, sabiendo que detrás venia el Tucumano, testigos admitieron verlo discutir en el kiosco de la estación, cuando entonces fue preguntado por el eventual cambista si daba vía libre al tucumano. En ese estado lo peor, y comenzaron los dimes y diretes. El auxiliar dice haber preguntado al cambista si avisaron de Pacheco sobre el tren procedente de Zárate, y entendió que la respuesta fue afirmativa, por eso sin verificar personalmente tal cuestión se dio el cambio de vía ocupada a vía libre. El peón cambista declara que no dijo tal cosa sino lo contrario, que no recibió el aviso de Pacheco.
Lo cierto es que desde Pacheco jamás comunicaron del paso del tren local; obviamente, si nunca alcanzó ese punto al estar detenido a mitad de camino por la falla. Los errores de comunicación y dar por supuestos sin verificación son de una altísima criticidad en el ferrocarril. Por eso ambos, tras cruzar el Tucumano, sintieron que algo no estaba bien. Minuto más tarde el trágico evento. En fin, groseros errores humanos sumados a una sucesión de hechos para nada fortuitos, terminaron por sentenciar la suerte de aquellas personas.
El cambista intentó fugarse de la estación al enterarse del hecho, el auxiliar en estado de completo shock fue ingresado detenido a un hospital. Ambos quedaron aprehendidos y puesto a disposición del juez federal en competencia. Las pocas personas que había en cercanía del choque, en los descampados, advirtieron el hecho y dieron los primeros socorros mientras urgentes fueron hasta la estación Pacheco a comunicar la novedad. De allí comenzaron los llamados a los servicios de emergencia para que acudan al lugar. Bomberos, policía, ambulancias, defensa civil, hasta fuerzas armadas. Y entidades de la sociedad civil como radioaficionados, claves en las comunicaciones en esa zona difícil para la tecnología de entonces. Cortando alambrados y a campo traviesa pudieron ir llegando a la dantesca escena.
Poca iluminación, difícil acceso y comunicaciones, terreno anegadizo, rutas cercanas colapsadas por ser domingo a la nochecita, hora en que como en el tren, vuelve todo el mundo a Capital, complicó más la logística y tareas de rescate. Hospitales y centros médicos de toda la zona norte, y de Capital, atestados de heridos que llegaban por la vía tradicional o por un puente aéreo que establecieron las fuerzas armadas. Autoridades, dirigentes y hasta el mismo Onganía, por entonces presidente de facto, se hicieron cita en el lugar horas más tarde. Se decretó duelo nacional. Desde distintos países enviaron mensajes de condolencias, hasta el papa Paulo VI.
Conmoción total, desde luego, en Zárate. Al menos 12 de sus vecinos y vecinas, más una niña de Lima, perecieron en aquella sórdida noche del lugar. Y decenas de personas emparentadas o relacionadas a la localidad, que habían estado de visita y volvían a sus hogares porteños. Decimos “al menos” porque el número de víctimas fatales contabilizadas llegó a las 236, pero la cuenta tuvo sus controversias, posiblemente fueron más. Heridos sí, más de 500. Por eso sigue, a hoy, catalogada como la peor tragedia en la historia ferroviaria argentina.
Cruzar la zona del desastre, cincuentipico de años más tarde, es imposible disociarla del aciago hecho. Rescatar la historia y sus enseñanzas nos debe ayudar a mejorar, en especial a los dirigentes de todos los ámbitos que hacen al ferrocarril, para que otro Benavidez, otro Once y tantos otros más no vuelvan a ocurrir. Nunca, nunca jamás.
Despabilando! (que aún nos queda)
