En la paz del lugar, que también habla de la paz de su pueblo, se puede apreciar tranquilamente la inscripción en la Cruz Central:
“El 19 de Agosto de 1838, siendo delegado del poder público el Juez de Paz Don Doroteo Insúa y Díaz, el Cura Vicario de la Capilla del Señor, Presbítero Matías Rodríguez, bendijo este Cementerio Municipal habilitado el día 27 con el entierro de D. Sixto Urbe, vecino del Rincón de Zárate”.
Su historia cuenta que ese vecino de Zárate, Sixto Urbe, era esclavo y era negro. O más bien del Rincón de Zárate, como se conocía nuestros pagos antes, mucho antes, en el caserío primero a orillas del Paraná.
Hasta que no se creó el Partido de Zárate y se construyó nuestro primer cementerio en 1854, los difuntos eran sepultos en Capilla del Señor, pueblo cabecera del Partido de Exaltación de la Cruz, donde tenían su jurisdicción nuestras tierras. Y antes del cementerio de Capilla, era en la iglesia de este pueblo donde se enterraban los muertos, o en su entorno, por ejemplo en la plaza misma que está frente a ella, hoy plaza principal de su casco histórico. Pues entonces, también por allí han quedado los restos mortales de personas de aquel primitivo Zárate.
Inaugurado el cementerio en agosto de 1838, aún mantiene muchas de sus construcciones, sepulcros y detalles que van camino a los dos siglos en las próximas décadas. Adobe, ladrillos en barro. Inclusive una rareza a la práctica actual: las puertas-lápidas. De relativa baja altura, la misma puerta de acceso al recinto mortuorio es a la vez la lápida, en mármol con las inscripciones en bajo relieve. Una joya arquitectónica de las que quedan poquísimas, solo y con suerte se puede encontrar en cementerios tan antiguos como este.
Bajo el veredón principal hacia la cruz central, existen las fosas comunes que hubo que realizar para dejar allí los muchos muertos en la gran epidemia de cólera de finales de la década de 1860. Y por supuesto destacar los mausoleos y tumbas de numerosas familias irlandesas, muchas de las cuales tienen epitafios en su inglés natal. La comunidad irlandesa ha sido clave en nuestra zona, con aquellos llegados principalmente hacia mediados del siglo XIX, por la gran hambruna que generó un éxodo masivo de la zona rural irlandesa; por ello no es casual su establecimiento en los fértiles campos del norte bonaerense. Apellidos tales como Casey, Murray, Fox, Dillon, Gaynor, Scully, son tan capillenses como zarateños, como también los Barrios, los Urruchua, o los Insúa, que pueden encontrarse tanto en este camposanto como en el cementerio de Zárate, confundiéndose las localías por habitar desde tiempos lejanos el paisaje limítrofe de La Pesquería, zona donde se tajó la escisión de ambos partidos. La histórica hermandad Capilla-Zárate también puede apreciarse en este tipo de lugares, sin que la muerte nos separe.
A modo de reflexión final, recordar que la llamada “Asamblea del Año XIII” (1813) no abolió la esclavitud completamente, solo determinó la libertad de vientre y de los esclavos que ingresan al país. Los que ya lo eran siguieron siéndolo hasta la sanción de la constitución nacional en 1853. En estas tierras también hubo esclavos y esclavas, en tareas domésticas, en peonada rural, en oficios varios. No es de extrañar que el vecino zarateño Urbe, cuyo apellido también aparece en personas ofrecidas por el entonces alcalde local a Juan Manuel de Rosas para enviarlos a las milicias (y ya sabemos a quienes mandaban primero a morir a esta repartición), haya estado bajo esta condición. Quedando para la historia como el primer sepulto de uno de los cementerios más antiguos de la región. Aunque no lo parezca este acto ha sido de un simbolismo enorme para la época, un esclavo negro en el camposanto de los libres blancos cristianos. Una nueva era evidentemente se abría ya en la incipiente nación.
Despabilando! (que aún nos queda)