Jueves 22 de Enero del 2026

El mausoleo de don Luis

Publicado el 03/03/2021 por Damián Vidal

La muerte del Caudillo.

Ya desde la noche anterior no se siente bien. Acusa dolores de estómago. ¿Será algún presagio? Lo minimiza, le resta dramatismo. No lo detiene, nunca nada parece haberlo detenido. El viejo caudillo tiene toda una vida luchas, peleas, boliches, campo, urbe, comités, cárcel, barro y palacetes. Todo terreno, así se hizo popular. Conocía cada rincón de su pueblo, cómo y por donde pasaba su pulso.

El domingo pasado terminó en escándalo las elecciones provinciales, con disturbios y acusaciones de fraude, lo que le valió enfrentar entre semana un duelo a pistolas con su acusador, Horacio Pérez de la Torre, sin consecuencias para ambos, pero sin reconciliación. La cosa sigue como siempre, ya no es dicotomía radicales y conservadores. Las diferencias son personales y acérrimas, de décadas de enfrentamientos sin tapujos. Ahora es domingo 3 de Marzo de 1940, las elecciones son nacionales, pero la cosa no difiere mucho en el barrio, en la calle, en el agite comicial de la pequeña ciudad.

El viejo líder dirige todo desde el comité. Estuvo durante el día haciendo recorridas y ahora le llegan noticias de la Villa Fox, núcleo poblacional importante con la Escuela N°6 como centro electoral. Le dicen que los radicales meten las narices y demoran los comicios. Ya más temprano se habían cruzado y el clima estaba caliente. Queda mucha gente por votar aún y están cerca de la hora de cierre. Dictamina ir personalmente, alista a sus muchachos. Previamente ordena pasar por su residencia en busca de una bolsa de agua caliente para paliar sus dolores. Él no está bien, pero no va a dejar de ir, más de 40 años en esto y sigue guapeando sin delegar cuestiones que bien podría ubicarse desde otro lado. Pero no puede evitarlo, está en su esencia, está en su ley.

Luego de las cinco llegan a la esquina de Alem y  López y Planes. Del lado de enfrente están los radicales más representativos, también con sus muchachos, entre ellos Horacio Pérez de la Torre, el contrincante duelista de don Luis tres días atrás, con quién disparó su arma al aire. El ambiente está que arde. De ambos bandos campanean desde lejos lo que pasa. Los oficiales de policía guían como pueden la muchedumbre agrupada en la vereda. Güerci baja del auto y se acerca a uno de ellos. Todos miran. Todos expectantes ante la figura y acción del caudillo. Habla y hace algunos ademanes, otros aseguran oír bravuconadas, las nimiedades necesarias como excusas para encender una mecha de reguero que no se detendrá. Y ahí la confusión general, las versiones encontradas. Gritos. Empujones. Insultos. Hasta que se escuchan ráfagas de ametralladora, también sonarán winchesters y pistolas. Corrida general. Ya no importa nada, todo se embrolla. Todo vale todo. Otra vez la locura perversa que mezcla odios, venganzas, supervivencia, traiciones e intereses. Otra vez corre sangre en la urna. Y no se puede creer: esta vez es la del viejo patriarca, quién agita sus brazos cayendo al suelo, primero arrodillado, luego de bruces. Se desangra invariablemente sobre la acera al filo del lodazal de la calleja. El patrón se muere y esta vez parece que va en serio. Él, que había sobrevivido a tantas, ahora era su arteria femoral la que desangraba implacable de su ingle izquierda. Él, que parecía intocable, que era como de una especie superior para su paisanada, demostraba ser tan mortal como el más común de sus seguidores. Se moría, don Luis Güerci se moría, era humano. Con sus virtudes y defectos no era más que eso: humano.

¿Quién fue? Se sospecha de algunos, y todos pudieron ser. Varios se refugiaron en el Arsenal buscando amparo. Otros se fueron inmediatamente de la ciudad. ¿Lo estaban esperando? ¿La emboscada perfecta para camuflar resquemores en el barullo del escenario electoral? ¿O sencillamente así tuvo que ser? ¿De dónde salió el proyectil cuyo rebote sobre alguna superficie inmediata genera una esquirla la cual se dirige hacia su cuerpo e incrusta justo en la zona inguinal dando exactamente allí con la arteria más crítica posible, perforándola? ¿Tanta casualidad, o es el destino, o la suerte? Aquella caprichosa que nos persigue desde que nacemos y cuya moneda al aire ahora cae del lado de su muerte. Las respuestas siguen y seguirán en los recónditos de la historia y el silencio de los tiempos, qué, como pacto de sangre, muchos supieron callar o disimular, por honor o temor. Las antípodas caras entre las que podía pendular el renombrado caudillo.

Lo trasladan a los apurones al sanatorio, recibe las atenciones pero ya es tarde. Deja de existir, a los 72 años, quizás quien fue el primer y único verdadero caudillo popular de Zárate. Un detalle no menor de la requisa balística del lugar de los hechos: hubo incontable cantidad de disparos en cuestiones de uno o dos minutos, pero de seguro ninguno partió de su revólver. Encontraron el mismo junto al cordón, semicubierto por el barro, con todos los proyectiles intactos, según la crónica periodística. Murió desangrado y sin disparar un solo tiro aun teniendo el arma en su mano. Confirmaron que jamás jaló el gatillo contra alguien en aquella estrepitosa tarde, y así más se agiganta su controversial figura de héroe o villano, de pendenciero o caballero. Todo eso en uno solo encarnaba su figura.

El velatorio fue multitudinario. Primero en su residencia, luego en carroza a paso de hombre fue llevado el ataúd hasta la Municipalidad, cubierto con una bandera argentina, para continuar su velorio. A su paso, los comercios locales cerraban sus puertas en señal de duelo. Llegan a la ciudad la plana mayor del conservadurismo nacional. La provincia decreta duelo. Nación, días más tarde, cancela las elecciones e intervendrá la provincia de Buenos Aires.

El mausoleo donde yacen los restos de Luis Güerci se erige a la entrada principal del cementerio local. Imposible no verlo, imposible evitarlo. Así era él, para bien y para mal. Así se eligió que reposen sus restos. Que sepas que está allí, que estuvo por aquí. Curiosa forma de transcurrir por las generaciones venideras. No puede con su destino marcado, por la gracia o por su acción. Por eso será que a más de 80 años de su muerte se lo sigue teniendo presente, con todas sus cualidades y con todas sus infamias también.

Despabilando! (que aún nos queda).

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