Lunes 06 de Abril del 2026

El Ultimo duelo del Caudillo

Publicado el 27/02/2021 por Damián Vidal

Pactado para el día peculiar de un año especial para los supersticiosos. 1940 es bisiesto y el jueves 29 de febrero es el día acordado. Algunos le atribuyen la buena, otros la mala. Y la suerte, o el destino, que toma sus caprichosos caminos entre los hombres.

Media mañana al sur de la Capital. Adrogué es aún un lugar de bellas y amplias quintas de las afueras porteñas. Primero arriba Güerci, el caudillo popular, ‘el hombre’, sobre quien ha gravitado la cosa pública de su pueblo prácticamente desde hace cuatro décadas. A su modo, a lo guapo, con la elegancia que le enseñó la calle, el campo y los contubernios políticos. Al rato llega Pérez de la Torre, el de la ‘familia bien’, el doctor en medicina, el del linaje aristocrático desde épocas de la independencia, nieto del ya elevado a la categoría de prócer local don Manuel José De la Torre.

Cuatro días antes hubo elecciones. Corrompida de fraude y acusaciones cruzadas. Como hace décadas se disputan radicales y conservadores. Telegramas de todos los rincones de la provincia con eventos de los más antidemocráticos. Más acá, en Lima, dicen que 400 personas no pudieron votar por presiones de la policía, con reprimenda incluida. En Escalada y en Villa Fox disturbios varios. De la Torre, símbolo radical, acusa lisa y llanamente a Güerci de ser el responsable del fraude y de las formas impunes con que maneja todo desde hace años. El caudillo conservador querrá levantar esa afrenta y pide retracción pública o reparación por las armas. De la Torre no se retracta y acepta el lance. Llevan ya treinta años de disputas, reyertas, amigos que quedaron en el camino. Ahora ya no es por los otros ni por una idea, ahora ya es por ellos.

Solo el sonido de los pájaros se oyen en la hectárea cuadrada elegida de la quinta ‘La Carolina’ en Adrogué, para zanjar sus diferencias o enaltecer un orgullo a fuerza de pistolas y honor. Los padrinos vuelven a intentar un diálogo. Imposible. El director del duelo, el legendario socialista Alfredo Palacios, hace lo propio, en vano. Están decididos. Ambos trajeron sus médicos. Ambos trajeron sus armas. Cumplen los formalismos. Y comienzan a caminar. 25 metros, 25 pasos uno de otro, empiezan a contar. La señal será la voz de fuego y tres palmadas. Después la habilidad y el gatillo, ejecutará lo que decidieron solos, con su conciencia, sus luchas y su historia.

La tensión ya no se soporta. A las 11 en punto Palacios da la señal de fuego. Inmediatamente se escuchan dos balazos, simultáneos. Inesperadamente ambos dirigidos al aire. ¿Qué los ha llevado a decidirse así? ¿Qué imágenes pasaron por sus cabezas y por sus almas infinitésimamente antes de jalar el metálico dispositivo? Tras el momento, el director los invita a la reconciliación una vez más, ahora que ya demostraron, a su manera, valerosidad al no achicarse entre el bufoso del otro, y hombría de no tirar contra la vida del contrincante. Inadmisible, cada uno se va por su lado. Ambos saben que dentro de tres días tendrán desquite: otra vez habrá urnas. El domingo nuevamente habrá elecciones. Otra vez los espera la calle, otra vez su tribu, la maquinaria electoral y el pueblo en el medio. En ese lugar se dirimen y disimulan más fáciles algunas infamias.

Es día peculiar de año bisiesto. La suerte toma caprichosos caminos entre estos hombres. Quizás no sepan, quizás sí, que tres días más tarde el fatal destino tirará de nuevo la moneda. Y esta vez no caerá de canto…

Despabilando! (que aún nos queda).

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