“El viejo río que va, cruzando el amanecer; como un gran camalotal, lleva la balsa en su loco vaivén…” (Ramón Ayala, El Cosechero)
Sentarse a orillas del río en la mansedumbre del amanecer o en la hora mágica de la tarde. Afinando el espíritu con la armonía del cauce. Se deja escuchar, aún en silencio, el sonar lento de un acordeón trayendo lamentos y alegrías en la piel del caudal. Y mientras sucede sentimos como suave lo lleva a su interminable mar. Emocionarse es también habernos tejido identidad. Las (ridículas) fronteras las puso el hombre, la pertenencia va mucho más allá. Larga vida a nuestro ser litoral…
Y así vamos transcurriendo el fin de ciclo de nuestro segundo año de Despabilando!