Explorando en un ecosistema encantado, a solo diez cuadras del centro
Publicado el 07/04/2020 por Damián Vidal
Crónicas de viajes y recorridas, en esta oportunidad por una belleza natural situada a apenas diez cuadras del centro de Zárate.
Explorando en un ecosistema encantado, a solo diez cuadras del centro.
Esto ocurrió hace un tiempo: meses. Se tarda en procesar, o bajar a letras, tamaña vivencia. Cuando todos los sentidos se impregnan. La sensación es la misma, por suerte; la misma que sentía de chico, cuando meterme en las fauces de este ecosistema era como entrar a un mundo encantado. Más por el contraste, pues se ubica a pocas cuadras del centro de la urbanidad, de una mole supertecnológica que no se detiene y donde subyugan nuestros cotidianos días. Contar con esta maravilla natural es de privilegio inmensurable. El humedal al norte de la ciudad de Zárate, entre las barracas de Villa Massoni, el río, el Arsenal y los bajos de Villa Angus.
Pienso, desde el balcón natural que sobre las barrancas me encuentra contemplando las decenas de hectáreas que componen este humedal, que siempre estuvo allí. Aún antes de los barrios que se erigen en su cercanía, antes del asfalto y las antenas; los humedales ya eran. Antes del Arsenal y las fábricas en la costa, los humedales se extendían por toda la vera del río. Y aún antes de crearse el pueblo de Zárate, antes de que en estas barrancas pastara la caballeriza de las milicias porteñas, antes que los lugareños de la aldea que fue anduviesen repeliendo los intentos de desembarque imperial, y antes que las tropas de San Martín hacia San Lorenzo cruzaran estos distintivos montes; los humedales estaban activos y altivos cumpliendo su rol natural. Y más, mucho antes que las primeras precarias casillas de los labradores coloniales se levantasen, esta biosfera les proveía su pajonal, las cañas y el barro. Y más más más atrás también, con los originarios Chanás, los Timbúes, los Chandules, con el magnífico delta y los humedales atestiguando cómo el ecosistema sabio armoniza… Y allí están aún. Y me animo a incursionar, sin querer alterar con mi paso lo que en su nativo vientre cobija.
La paz que embarga, cerrar los ojos inmerso bajo una cúpula de hojas, y sentir los sonidos mansos de su flora movida por el flujo de aire fresco, del escurrir de los cursos de agua que atraviesan su suelo, a veces inundado. Siempre rico. Y como filtro para los acuíferos que subyacen. ¿Saben los que habitan allí afuera lo importante de su función para la cotidianidad de sus días? Pulmón verde, regulador de temperatura, primer defensa ante desbordes del río. Y su fauna variada y única, su flora inescrutable en su totalidad aún.
Hace unos meses, recibí la visita de un hermano patagónico. De esos que transitan tanto codillera, como estepa, como mar; paisajes y dominios incomparables. Y se me ocurrió mostrarle algo más que lo inevitable del Puente Zárate-Brazo Largo para contarles de nosotros. Necesitaba ser honesto, conmigo, y lo lleve al humedal. Aún recuerdo su rostro radiante al caminar esos senderos y su imposibilidad de creer cómo es posible tal entorno. Viniendo de un patagónico fue más que un halago. También fue sentirme orgulloso de que contamos, en medio de tanta zarateñidad muchas veces maltrecha, con una antiquísima biosfera que nos da identidad única en nuestra mayúscula naturaleza.
Tenemos un universo increíble al alcance inmediato. Y aunque siga cayendo en la maquinaria burócrata de intereses múltiples los avatares legales para protegerlos (y aunque así sea que se logre), se protegerá tanto o más con el quehacer nuestro del día a día, en sentir que nada hubiese sido lo que fue, en esta bendita tierra, sin la existencia pretérita de los humedales. Y nada será en lo sucesivo si dejamos de reconocer en ellos nuestra propia identidad; pues sobre esto no hay ni habrá jurisprudencia alguna que pueda tanto como actuar sabiendo que cuidarlos es cuidarnos.