Domingo 05 de Abril del 2026

Florestano Andrade, Estanislada Echagüe. Educación y territorio.

Publicado el 31/03/2026 por Damián Vidal

El respeto y el amor son las armas poderosas, y más que suficientes, para gobernar”.

La cita no es de Gandhi, ni de Luther King. Tampoco de un papa ni de un monje tibetano. Es raro escuchar por aquellos tiempos sentencias de ese tenor, donde bayoneta, pólvora y sangre era lo habitual para poner orden de gobierno, donde la democracia era más un formalismo constitucional que una expresión social de tolerancia y construcción. Y sin embargo, una pequeña voz del siglo XIX, en un pueblito modesto del norte de la provincia de Buenos Aires, supo decirlo a su grupito de niños de escuela primaria. Florestano Andrade fue aquel, de esos que llevaban el territorio adentro. Territorio como creación y desarrollo de espacios de gestación cultural.

En la segunda mitad de la centuria decimonónica, la campaña bonaerense comenzaba una lenta y profunda transformación. El Partido de Zárate, autónomo como tal, se organizaba en sus primeros pasos y una de las premuras era la educación primaria de los críos en la tierra nueva. Entre los primeros instructores aparece un joven gallego, quien radicado en la suerte de aldea pueblerina que era Zárate, junto a su esposa, desarrollará su espíritu docente en pos de la educación básica. Aquella que prometía valores en la senda del progreso con las primeras letras, y el sentir de un espíritu de país que aunaba sueños y porvenires.

En la década de 1860 se encuentra al frente de una escuela en el pueblo. Lejos de imaginarse uno aquellas instituciones como pueden verse hoy, con sus edificios de estilizada arquitectura o comodidades para desempeñar sus actividades. Las condiciones en las que prestaban sus servicios eran realmente reducidas, precarias. A puro empeño y esperanzas. Paredes de barro, pisos que en el mejor de los casos eran de ladrillos, y escuelas en casas alquiladas para dar clases en sus habitaciones, donde muchas veces no había garantía de pago del alquiler ni seguridad de continuidad, porque a los dueños les era mejor darles otros usos, que cederlos a los centros de enseñanza.

Florestano era español. Y en esta tierra fue propulsor de nación argentina. Probado en la memoria de sus descendientes y amigos, quienes recordaron con los años cómo, por ejemplo, en cada fecha patria llevaba al alumnado a la punta de la barranca. Los formaba, en las frías mañanas del 25 de mayo o del 9 de julio, para saludar al naciente sol. Izar la bandera, cantar el himno y luego, desayuno mediante, infundirles valores e identidad. Creyó y creó en estas tierras. Ejemplo para los tiempos, cuando alguna animosidad fachocrática xenófoba pretende distinguir prioridades para unos si y otros no, conforme le haya tocado nacer. Una vez más: “El respeto y el amor son las armas poderosas, y más que suficientes, para gobernar”.

De todas formas, Florestano no estaba solo. Se observa en la correspondencia familiar, que aún se conserva en el archivo histórico local, que fue junto a su esposa Estanislada Echagüe que afrontaron la patriada. Idas y vueltas de notas y pedidos con la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, aquellas “damas de bien” que tenía a su cargo muchos establecimientos de educación inicial en la provincia. Y bien está agregar que doña Estanislada, de origen santafesino, fue una de las fundadoras de la pionera Sociedad Protectora de los Pobres de Zárate. Aquella que ha dado asistencia socio comunitaria a los más desprotegidos del pueblo y atención a la salud con el primer hospital de la localidad. Todo esto mientras llevaba adelante su hogar de numerosa familia, con las magras pagas que podía dar la actividad educacionista. En el censo nacional de 1895, Estanislada y Florestano declaran haber tenido más de una decena de hijos.

Crecía la población urbana, crecía la rural. Nuevas escuelas eran necesarias abrirse. Cuando le tocó el turno al campo, allí también estuvo al frente de la primera escuela rural del Partido de Zárate. Más allá del nombramiento y su desafío, la familia no vivía en el campo. Florestano, a caballo, le metía más de tres leguas por día entre el ir y venir del pueblo al campo, por caminos a veces tan fuleros como las inclemencias de la ardua labor educativa. Esto no impidió que dé instrucción primaria al campesinado zarateño. Defendiendo, inclusive, sus derechos y oportunidades en minorías, cuando en junio de 1883 dirige una nota pidiendo por el no cierre de la escuela que dirigía (Escuela Rural Nº3, en el Cuartel 4º del Partido), al no cumplir con una circular del gobierno sobre la cantidad mínima de educandos que se requerían para mantenerla abierta. Si uno observa los apellidos de los alumnos inscriptos en esta escuela, puede ver apellidos tradicionales de la zona sur del Partido, entorno a la zona de la Pesquería, como para pensar en la referencia de donde estuvo aquella primitiva escuela que dio origen a la educación rural en el distrito.

Las luchas, por supuesto, no solo eran por profesar la educación, conseguir mejoras desde los poderes públicos, sino también con inculcar a los adultos la importancia de la asistencia escolar de sus hijos. Todo terreno, todos los frentes, de quien hizo de “la enseñanza un apostolado”, según palabras profesadas por la comisión que se conformó para homenajearlo post mortem.

Ya retirado de sus labores, pero activo en los círculos sociales que supo cultivar, la muerte apoya sus alas sobre el viejo Florestano en mayo del año 1900. El mismo y emblemático mes en que cada año la Argentina festeja su nacimiento patrio. País que supo abrir futuro a este ilustrado hombre, nativo de la comunidad de Galicia y argentino por adopción, práctica y convicción.

Inmediato a su muerte, el Honorable Concejo Deliberante resuelve “donar a los herederos del antiguo y meritorio educacionista recientemente fallecido, Sr. Florestano Andrade, cuatro lotes de terreno de los destinados para bóvedas en el Cementerio público, para que sus deudos edifiquen un sepulcro…”. Su esposa, acepta la donación para quien, en sus palabras, “en vida se dedicó con todas sus fuerzas intelectuales a la enseñanza, base de todo pueblo que aspira a lugar espectable en el concierto de las naciones adelantadas del mundo”. Notable afirmación: la educación como motor de los pueblos avezados del mundo, donde Argentina fue vanguardia con su sistema escolar. Estanislada falleció diez años más tarde, en febrero de 1910.

En 1911, las autoridades locales deciden rendir homenaje a Andrade, renombrando a la entonces calle Santa Fe con el nombre del educador. Una comisión, presidida por el doctor Carlos Roldán Vergés, se pone al frente de su gestión. Rescatando de la memoria muchos de los recuerdos con que se ha construido el trayecto de Andrade. Por ejemplo, cuando se dirigió a sus alumnos profesando la cita que encabeza este ensayo. Reza la placa, todavía existente, en la esquina de Rivadavia y Andrade: “Florestano Andrade. Homenaje al que vivió enseñando. Zárate, Octubre 1911”.

Mucho más acá en el tiempo, a la Escuela N°20 del paraje Atucha se le asigna también el nombre de Florestano Andrade, por su contribución pionera en la educación rural del distrito.

Laureado por nuestra historia, Florestano; relegada de mayor reconocimiento, Estanislada. Así como ellos seguramente miles a lo largo y ancho del país, quienes construyeron en el llano un modelo de nación. No en cómodos sillones de poder ni con ejércitos bulliciosos, sino con laburo silencioso y minucioso, cuerpo a cuerpo, en territorio. Todavía de pie continúa la bóveda familiar que se supo erigir. Todavía de pie deben de continuar sus legados, en un país que siempre se está (re)construyendo: “El respeto y el amor son las armas poderosas, y más que suficientes, para gobernar”.

Despabilando! (que aún nos queda)

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