Sábado 24 de Enero del 2026

Hotton. Fe, ética y dedicación

Publicado el 05/05/2022 por Damián Vidal

¿Qué habrá pasado por su cabeza los últimos momentos de su vida? ¿Qué imágenes se le proyectaron antes del descanso eterno, con toda una larga vida a cuestas? 

Quizás la figura de su padre, maestro de escuela de finales del 1800. O la sonrisa de su madre caminando en el pequeño poblado de Heatherton natal. Los salones de la Universidad de Melbourne, la recepción del diploma destacado de odontólogo. O los brazos agitados al aire que recibían la llegada del barco en su arribo al puerto de Buenos Aires en 1904, o la primera impresión que le causó el pueblito de Zárate al llegar para profesar su fe y su vocación.

O quizás volvió a sentir en su pecho la adrenalina enamorada de ver llegar a su prometida, y siempre compañera, Emilia Ana Reeves; para transitar juntos el feligrés camino de vida. Poniendo ambos sus estudios médicos al servicio del otro, con humana prioridad y ferviente religiosidad. Pioneros. Él Dentista de pueblo, ella obstetra y enfermera. O la imagen de la casita donde comenzó su consulta y su prédica, publicando en el periódico local su anuncio con un final muy claro: “Belgrano 150-(Culto Evangélico)”.

Quizás en esos póstumos instantes de vida haya sonreído. Llenándose su mente de imágenes del nacimiento de cada uno de sus hijos: Arturo, David, Eduardo, Edith; o de los niños y niñas jugando en el prado, que supieron formar parte de la primera escuela evangélica dominical. O sonreído también por la satisfacción de cumplir con validar el título australiano de odontología en la prestigiosa UBA hacia 1912. Sin amedrentarse nunca por el idioma, el cual le llevó sus años aprender pero que su convicción no claudicó para adecuarse a lo que mandaba su nueva patria.

¿Se habrá vuelto a deslumbrar al recordar cuando en 1914 vio culminada la tan ansiada obra de su congregación?: el templo de la Iglesia Cristina Evangélica erigido en San Martín casi Rivadavia. O con imaginar nuevamente aquellos atardeceres a caballo por los campos del Partido de Zárate, cuando los recorría para llegar con su atención a la peonada rural en cada rincón de Lima, Las Palmas, Atucha, y hasta Campana. Los rostros desahuciados de aquellas personas en esos recónditos pagos que sabia no podrían pagarle, e igual atenderlos con mano servicial. Como la que tuvo junto a su esposa para realizar una olla popular en su casa, cuando la recesión que causaba la primera guerra mundial hizo desastre la matriz productiva económica local, quedando muchísimas familias sin empleo. O la imagen de los rostros de los pequeños en la barriada de Villa Angus, cuando en 1920 el frigorífico Anglo detuvo sus actividades despidiendo de a cientos de trabajadores, pero los Hotton, -otra vez precursores de los comedores populares en Zárate-, cocinaron y dieron de alimentar diariamente a los hijos de los obreros cesanteados.

Mientras se apagaba su respiración, ¿habrá sonado cómo un recuerdo en sus oídos el viejo armonium del templo, el coro polifónico que crearon, su música de alabanzas, las fiestas campestres en comunión? Las lecciones cual docente que dictó, las que de sus hermandades recibió, lo textos que escribió, las hondas lecturas a las que se dedicó.

Quizás en esos momentos también sintió estremecerse, como aquel octubre de 1927 en que su amada compañera Emilia falleció, joven y tras muchas dolencias. O cuando recibió la noticia de la intempestiva muerte de su primogénito Arturo en 1959, con quien además compartía no solo su devoción cristiana en palabra y acción, también común consultorio de profesión. 

O sintió la tranquilidad de haber cumplido con lo que creyó su misión. O todo junto de esto que elucubro y más, en una secuencia de fotogramas como película de un vasto recorrido de 87 años. De seguro igual habrá rezado, eso sí, y como siempre agradecer y encomendar su paz a su Dios, aquel 24 de noviembre de 1968 en que cerró sus fulgurantes ojos para siempre.

Sus restos yacen en el cementerio local, al lado de su esposa Emilia, junto a su hijo Arturo y su hija Edith, entre otros familiares. Sencillas tumbas para una gran familia.

Siempre me llamó la atención que se llamase ‘Federico Jorge’, ¿cómo es posible, siendo británicamente australiano de fines del siglo XIX, llamarse así en castellano? Claro, pasa que Frederick George comprendió, desde el inicio de su camino peregrino, la máxima de que, si quería servir y transformar primero tenía que ser de igual a igual, traspasando fronteras. Hasta las religiosas. Federico Jorge está muy bien para el pequeño poblado provinciano de Zárate donde eligió misionar. Jamás utilizó su natal inglés para diferenciarse, o tomar alguna posición más cómoda que sabemos le permitía por entonces su nacionalidad y profesión. Fue ‘dotor’ antes que médico, al poner en servicio del otro su ciencia galena. Fue quien compartió lo que tenía antes que dar lo que le sobraba. Fue cristiano por convicción de sus noblezas más que por sus esperanzadoras promesas. Su mensaje, haciendo en su práctica una voluntad de la fe. Federico Jorge Hotton, un gran legado de valores que no tenemos que dejar perder.

Despabilando! (que aún nos queda).

Dato poco conocido: el camino del Parque Industrial de Zárate que va de Ruta 9 hasta la rotonda de ingreso al mismo, se llama Doctor Federico Jorge Hotton (denominado así según ley provincial N°13281 promulgada en diciembre de 2004).

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