Boliche de frontera. No del borde entre la civilización y la barbarie sarmientina, sino donde amalgama el seno de la ruralidad con la tangente de la urbanidad. Parroquianos que supieron de caballos al palenque y de flacas bicicletas de fierro. Una copita y sigo, una taba y unas barajas ente el forraje. Un acorde y el rasguido con la voz del casual guitarrero, que acompasa al obrero que hizo un alto en el camino a su fajina. De frontera, difusa la ley escrita con la de mando del despensero. La proveeduría de paso al campo. Un bufoso por las dudas. Y la ética de la palabra dicha. El respeto del saludo, y de saber hasta cuando servirle una copa más al paisano que le escapa a la angustia secreta que lleva en su ser.
Amanecer con el sol de frente. Boliche de frontera, a lo que huele un mundo fuera de la corrida del asfalto….
En la salida del viejo camino a Lima supo existir “La Viuda de Greco”, uno de los tantos almacenes y despacho de bebidas olvidados que tuvimos a lo largo y ancho del Partido de Zárate.