Por momentos me sentí en Capilla, o en Areco, o en algún pueblito manso alejado en medio de la pampa bonaerense. Y salgo de ese estado para dar cuentas que sigo estando acá, en un viejo Zárate que sigue allí. En construcciones que se lucen entre la invasión visual de neoarquitecturas y conurbanidad, en enclenques ménsulas con aisladores de viejo servicio eléctrico, en abandonados entornos ferroviarios, en antiguas fachadas de boliches tapiados, en maderamen de muelles que no existen más, en verjas que asomaron amores al pasar…
Podrá mudarse de piel, de ropajes, de cocoliches del llamado progreso, pero el pueblo siempre está. En sus viejos ladrillos reposa la siesta provinciana de su tranquilidad.