Un rinconcito de Zárate, de remembranza a los inicios del pueblo hace casi doscientos años. Convertido en un pasaje tan encantador como paradójico, pues lo que tiene de recóndito lo tiene de céntrico, y al no ser muy conocido por la mayoría de los transeúntes, atravesarlo cambia cualquier perspectiva que se tenía del lugar.
Este pasadizo, con tintes de mágico, une las calles Rómulo Noya y Ameghino, antes del borde de la barranca. Pasaje Ciriaco figura en algunos documentos oficiales, aunque el nombre adoptado es el de Pasaje Alsina. Ocurre que la calle Adolfo Alsina corta al llegar a Noya y volviendo unos 25 metros por esta última, pareciese que retoma su dirección, aunque en forma de calleja que se eleva y vuelve a descender para alcanzar la Ameghino.
Ese particular dibujo de la traza urbana, acortando la manzana lindante condicionada por la forma que adopta la barranca, ya aparece en el primer trazado del pueblo que hizo en 1827 el agrimensor Eguía. Siendo este límite uno de los que fijaba el fin de la traza del pueblo. Hasta ahí llegaba el primer Zárate. Luego, promediando el siglo XIX, don Constancio Silvano supo tener por allí sus instalaciones y bajada al río por la curtiembre de su propiedad, una de las principales protoindustrias -junto con los saladeros- que tuvo el Partido.
Si andas paseando por el centro y tenés ganas de algo distinto, dejá el auto un ratito y pateá por estas calles. De seguro te sorprenderás de encontrar senderos lindantes a la barranca, escaleras al bajo, miradores al esplendor del río y su entorno, más de una callejuela que no esperabas, construcciones antiguas y mucha mística zarateña para desvariar.