Una gira porteña bajo mirada zarateña: Edificio, Palacio, Casona. Tintes de terratenientes.
Se nos ocurrió salir de gira por otros lares, fuera del Partido de Zárate, y es inevitable no verlo con ojos azarateñados. Elegimos los BarriosPorteños de SanNicolás y Monserrat, zona más conocida como microcentro porteño. Con eje en la Avenida de Mayo, esa exclusiva que va desde la Casa Rosada al Congreso de la Nación. Al alcanzar la Chacabuco, a dos cuadas de plaza de Mayo, ya pispiamos de coté la primer posta: el edificio de Florencio Atucha.
Lugar donde nuestro reconocido terrateniente tuvo las oficinas centrales y administración de sus vastos campos de la provincia de Buenos Aires, los más grandes -como sabemos- hacia el norte del pueblo de Lima. Edificio construido en 1910 por el máximo exponente del ‘Art Noveau’ en Argentina: el arquitecto Julián García. Desde acá mandaba el patrón más importante del partido de Zárate. Aunque, nobleza obliga aclarar, bien se le reconoce haber sido un hombre que conocía el barro del campo. Iba y veía continuamente a sus establecimientos agropecuarios.
De Chacabuco 78 damos media vuelta y doblamos por la avenida. Ahí nomás, a media cuadra, topamos con el Palacio Urquiza Anchorena. Construido en 1921 como ‘petit hotel’ de la familia, con un pasaje en la planta baja que une la Avenida de Mayo con otra emblemática: la Rivadavia. ¿Quién la mandó a construir? Diógenes Justo de Urquiza Anchorena. ¿Y este? Era el yerno de Atucha e hijo del coronel Alfredo de Urquiza. Nieto este último del famoso general entrerriano y dueño desde 1895 de la más histórica y emblemática estancia de nuestro partido: la estancia Las Palmas, cuyos descendientes aún hoy son dueños de la misma. Imagínese esa descendencia a partir del apellido resultante “Atucha y Ocampo de Urquiza Anchorena”. A la pipetuá… imposible que no lleguen a fin de mes… Sigamos.
Una cuadra más en dirección a Avenida 9 de Julio, pasamos por enfrente del famoso Café Tortoni, doblamos por Tacuarí y alcanzamos su esquina con Rivadavia. Tacuarí cambia de nombre, porque la Rivadavia porteña también divide los nombres como la zarateña. Así da inicio a Suipacha. Y a media cuadra la encontramos: Suipacha 50, la histórica casona de Justa Lima de Atucha.
Está prácticamente intacta. Una rareza en medio de la hiper edificada en altura city porteña. Es un fiel reflejo de las construcciones del siglo XIX, de una sola planta con patios internos y habitaciones alrededor de los mismos. Con el sello a la vista del constructor Juan B. Medici y Cía., el mismo que tuvo a su cargo, por ejemplo, la exuberante obra de mampostería del Palacio de Aguas Corrientes en Avenida Córdoba. Casa solariega siempre de la familia Atucha, vive y fallece allí mismo doña #JustaLima en 1899. Residencia que hereda a su hijastro Florencio Atucha (claro, el mismo que recién dijimos que tenía cerquita sus business en Chacabuco 78 y era suegro de Urquiza Anchorena). Don Florencio vivirá allí hasta su fallecimiento, también en ese lugar, pero 35 años después, en 1934.
Cortita la vuelta, de un puñado de cuadras, pero contundente para ilustrar mejor el otro lado donde los grandes estancieros con dominios en nuestras tierras zarateñas hacían de las suyas, manejaban los asuntos y se codeaban con la creme de la creme, (porque también ellos eran la creme de la creme), en el centro económico y político más importante del país.
Si os parece la seguimos por el cementerio de La Recoleta, a ver qué onda.